Cuando contaba con la edad de treinta y dos años, ya creía saberlo todo. Lo que había vivido creía que era el tope, a partir de entonces vendría el declive o la monotonía. Estancarme o cambiar, esa era la cuestión. Hacer lo que los demás digan o hacer lo que me apetecía. Aburrido de siempre igual, siempre lo mismo, llegué a un estado de ansiedad nuevo para mi. Me veía gordo, muy gordo. Aunque era joven, me veía viejo. Que llegara el viernes era el signo de otro fin de semana mas de lo mismo. Mi vida era calamitosa, sin sentido y mis amistades, mas de lo mismo. Beber, fumar, fútbol y poco mas. Entonces llegó el correr.
Ese tren paró delante de mí y me preguntó: ¿Subes o baja? Inconscientemente subí, una vez en él, dejé de ser divertido para los demás para ser yo mismo. Modifiqué mi vida, modifiqué mi modo de vivir y el de ver las cosas. Descubrí, sin saberlo, que correr fue una salvación para mi cuerpo y, más aún, para mi alma. Correr me hacía ser yo mismo, el niño que dejé de ser hacía mucho, fue algo especial, algo inesperado.
Todos decían que eso iba a ser una cosa pasajera, todos me veían de pasar día tras día con mis zapatillas, hiciera sol o lloviera, siempre salía a la carretera. Poco me importaban esas medias sonrisas, de poco me valía sus opiniones, me daba igual. Corriendo mi hora diaria me hacía feliz. Corriendo me evadía de todo, correr no era un deporte, correr era otra cosa y lo descubrí leyendo a Sheehan o a Lastra, sí, me di cuenta que no estaba loco, y si lo estaba, bendita locura. Correr, para mi también, es un acto de fe.
Salud, kilómetros y un gramo de locura













